Diseñado para no parar
Segunda parte de El cerebro como órgano social. Qué sabía la industria sobre el enganche, por qué atacar el problema por piezas no funciona y quién responde de un sistema de incentivos que nadie diseñó del todo y muchos empujaron.
En la primera parte repasé qué dicen de verdad los datos sobre pantallas, atención e inteligencia, y propuse la hipótesis de que la pérdida de interacción cara a cara era el factor con más peso en el fenómeno que se está midiendo, y las pantallas son a la vez síntoma y acelerador. Para la mayoría, cuando la interacción social desaparece, el tiempo se llena de aquello que tenemos más a mano, y esto, a menudo, está diseñado para que no paremos.
Esta segunda parte va de quién lo diseña.
Cuando las redes sociales dejaron de ser sociales
Al principio, las redes sociales eran sobre todo una forma de seguir a gente que conocías. Jonathan Haidt sitúa el cambio entre 2009 y 2012, con la llegada de los botones de compartir y retuitear, que convirtieron las redes en una máquina de difusión viral. Después vino el paso al vídeo y al feed algorítmico, en donde el contenido es elegido por un algoritmo de recomendación. En el juicio antimonopolio de 2025, Meta presentó sus propios datos, según los cuales solo el 17 % del tiempo en Facebook y el 7 % en Instagram se dedica a ver contenido de amigos, cuando dos años antes eran el 22 % y el 11 %.
La red conserva la apariencia de conexión, pero se parece cada vez más a una televisión personalizada. Y la relación, la de verdad, se ha ido a la mensajería privada y a grupos cerrados.
Haidt defiende que este cambio explica buena parte del deterioro de la salud mental adolescente. Candice Odgers le respondió en Nature que la evidencia que presenta es sobre todo correlacional y no permite afirmar esa causalidad. Personalmente apuesto por algo más modesto. Sea cual sea su peso en la salud mental, el cambio de las redes reduce la parte de la vida social que exige responder a nuestros congéneres.
El sistema que no puede parar
Las empresas lo saben mejor que nadie, porque lo miden. En 2024, una demanda del fiscal general de Kentucky sacó a la luz documentos internos de TikTok en los que, según NPR, la empresa calculaba que bastaban 260 vídeos para que alguien formara el hábito. En febrero de 2026, la Comisión Europea concluyó de forma preliminar que el diseño de TikTok incumple la Ley de Servicios Digitales por el desplazamiento infinito, la reproducción automática, las notificaciones y la recomendación personalizada, que según su comunicado llevan el cerebro de los usuarios a un modo piloto automático. Y en marzo, un jurado de Los Ángeles declaró a Meta y a YouTube negligentes en el primer gran juicio por adicción a las redes.
Esto no es nuevo. Hace más de una década, hacia 2013 o 2014, en el Fun & Serious Game Festival de Bilbao, asistí a la presentación de una herramienta de gamificación para niños. La daba uno de los popes de la industria del videojuego. Contaba que estaban trabajando en el límite de este tipo de mecánicas, las que hacen que el niño vuelva cada día a completar sus tareas, y que les preocupaba que algún día se legislara para impedir meterlas en las aplicaciones. TikTok ni siquiera existía…
Quién responde de esto
Cada vez que reviso este tema me encuentro con lo mismo. Analizamos cada pieza por separado, un estudio de resonancia, una caída en PISA, una aplicación, una hora menos de sueño. Quedarse en el detalle tiene una ventaja para quien argumenta, porque siempre hay un estudio que respalda lo que ya pensaba, y es así como el cherry picking acaba justificando los sesgos de cada uno. Para todos los demás tiene un inconveniente, el marco en el que encajan las piezas no aparece nunca. Y las soluciones salen igual de troceadas. Se prohíbe el móvil en clase y la tarde sigue siendo la misma, se limita el tiempo de una aplicación y ese tiempo puede irse a la siguiente. Acometer por separado un problema sistémico no suele llevar a ninguna solución.
El detalle sigue haciendo falta, porque es como conocemos el sistema. El estudio de Hong es un buen trabajo, y el daño vino de cómo se interpretó, cuando cada uno lo usó para apuntalar su relato, como contaba en El fallo que nadie mira y en la primera parte. Y a veces un detalle sí cambia el sistema entero. En el cerebro las redes tienen hubs, regiones muy conectadas por las que pasa buena parte de la comunicación, y una lesión en uno de ellos altera la red completa, mientras que otra en una zona periférica puede notarse mucho menos. En los sistemas sociales pasa algo parecido, el trabajo está en encontrar esos puntos, y casi nunca son evidentes. Por ejemplo, quitar el plomo de la gasolina fue una medida concreta y cambió la cognición de generaciones enteras.
Por otro lado, si el problema es sistémico, alguien ha construido el sistema, permitido y empujado. La culpa no la tienen los jóvenes que crecieron dentro y tampoco veo una gran conspiración, veo un sistema de incentivos que se ha ido construyendo poco a poco, a veces a propósito y a veces sin que nadie lo planeara, como crece casi todo en internet. Pero llega un momento en el que la bestia ya está suelta, la empresa la estudia, entiende lo que hace y decide ir más a fondo.
Las señales estaban ahí. En 2021, los documentos internos de Facebook que publicó The Wall Street Journal mostraban que la propia empresa sabía que, entre las adolescentes que se sentían mal con su cuerpo, un 32 % decía que Instagram las hacía sentirse peor. TikTok sabía cuántos vídeos hacían falta para crear el hábito. Valve tuvo durante años a un psicólogo experimental, Mike Ambinder, estudiando a sus jugadores. Riot Games montó un equipo de comportamiento de jugadores con doctores en neurociencia cognitiva, y King, la de Candy Crush, busca perfiles de psicología experimental para su equipo de investigación de usuarios. En algunos casos esto se sabe y se diseña desde el principio. Nunca habíamos tenido tantos datos sobre cómo nos comportamos, y se han usado sobre todo para exprimir unos minutos más de uso este trimestre. Esos mismos datos podrían haber servido para entender qué estábamos perdiendo.
Es la misma lógica que contaba en Cuando cumplir los objetivos destruye el sistema. Corea optimizó sus objetivos de crecimiento hasta comerse las condiciones que le permitían seguir funcionando, y aquí hemos puesto los incentivos económicos de corto plazo por delante de la prosperidad de las generaciones que vienen. Cada empresa, cada regulador que llegó tarde y cada uno de nosotros, que también hemos elegido la comodidad, tomamos decisiones razonables desde nuestra posición. Y la suma de todas esas decisiones es el entorno en el que hoy crecen los niños.
Lo veo en mi propio trabajo. Hace poco analizábamos el uso de una herramienta nueva y vimos que quien la usaba, la usaba cada vez más. Cualquier cuadro de mando lo habría celebrado. Pero esa curva no decía nada de quienes no la habían descubierto ni de quienes seguían con sus procesos de siempre. Con esos procesos, ya asentados en el día a día, es con lo que de verdad competimos, aunque no manden notificaciones ni permitan cruzar datos de forma eficaz. Para entender esa parte hablo con la gente y hago entrevistas con mis usuarios. Si me quedara solo con los minutos o con métricas aisladas, acabaría optimizando lo que ya funciona para unos pocos y perdería parte del problema.
Cómo asignar la responsabilidad
Sigo sin saber separar el peso del diseño de las aplicaciones del de una forma de vivir en la que pasamos menos tiempo con otros. Tampoco sé qué parte del cambio en las redes es rechazo a exponerse en público y qué parte es agotamiento del modelo algorítmico. La pregunta que me parece útil es qué experiencias estamos haciendo más fáciles y cuáles estamos volviendo menos probables, y cuáles merece la pena proteger por lo que entrenan.
En software de rehabilitación tengo una ventaja sobre una red social. Nuestro objetivo es que alguien mejore, y el tiempo de uso solo vale si va en esa dirección. Sin embargo, es posible que determinados productos de consumo tuvieran en su cuadro de mando el potencial daño causado a sus usuarios mientras lo usan.
La serie. Esta es la segunda parte de El cerebro como órgano social. La primera, El cerebro como órgano social, repasa qué dicen los datos y plantea la hipótesis del coste de oportunidad.
Fuentes y notas
- Haidt, J. (11 de abril de 2022). Why the past 10 years of American life have been uniquely stupid. The Atlantic.
- Business Insider (abril de 2025). Meta revela la caída del contenido de amigos en Instagram y Facebook en el juicio con la FTC.
- Odgers, C. L. (2024). The great rewiring: is social media really behind an epidemic of teenage mental illness? Nature, 628(8006), 29-30.
- Allyn, B. (11 de octubre de 2024). Lawsuit documents reveal what TikTok executives know about app’s effect on teenagers. NPR, con Kentucky Public Radio.
- Comisión Europea (6 de febrero de 2026). Commission preliminarily finds TikTok’s addictive design in breach of the Digital Services Act.
- Vanian, J. (25 de marzo de 2026). Jury in Los Angeles finds Meta, YouTube negligent in social media addiction trial. CNBC.
- van den Heuvel, M. P. y Sporns, O. (2013). Network hubs in the human brain. Trends in Cognitive Sciences, 17(12), 683-696.
- McFarland, M. J., Hauer, M. E. y Reuben, A. (2022). Half of US population exposed to adverse lead levels in early childhood. PNAS, 119(11), e2118631119.
- Wells, G., Horwitz, J. y Seetharaman, D. (14 de septiembre de 2021). Facebook knows Instagram is toxic for teen girls, company documents show. The Wall Street Journal.
- Mike Ambinder, Wikipedia; entrevista con Jeffrey Lin, Game Developer; oferta de Senior UX Researcher de King.
Conceptos de esta nota
- Contramétricas En qué te fijas para que cumplir el objetivo no rompa el sistema.
- El cerebro como órgano social Lo que más entrena un cerebro es otro cerebro delante.
- La factura llega tarde Los efectos de optimizar llegan años después. Corea lo mide en natalidad.
- Ley de Goodhart Cuando una medida se convierte en objetivo, deja de medir.
- Nadie quiere parar primero Todos ven el riesgo y nadie frena, porque frenar solo es perder.
- Privatizar beneficios, socializar pérdidas Que el riesgo acabe pagándolo quien no decidió: el Estado, o el que no lleva las gafas.
