La tecnología que quiere vivir en nuestra cara
Meta ha presentado unas gafas sin cámara para responder a las críticas por privacidad. Mi apuesta es que ni estas ni las siguientes van a sustituir al móvil: un dispositivo en la cara añade fricciones que el móvil no tiene y, fuera de contextos concretos, no devuelve lo suficiente a cambio.
El miércoles 23 de septiembre, en la primera jornada de Meta Connect (la conferencia anual que la compañía celebra en su campus de Menlo Park), Mark Zuckerberg presentó las Ray-Ban Meta Audio: unas gafas con asistente de inteligencia artificial, llamadas, traducción y reproducción de audio. Sin cámara. Llegan después de meses de críticas por la posibilidad de grabar a otras personas sin que lo sepan.
El anuncio me hizo acordarme de una conversación de hace años con un amigo. Hola, Tirso.
Hablábamos de realidad virtual cuando todavía se vendía como la próxima gran plataforma. Mi intuición era simple: no iba a triunfar de forma masiva porque no resolvía suficientes problemas cotidianos para compensar lo que pedía a cambio. Precio, espacio, tiempo de preparación, incomodidad, mareo en algunas personas, un catálogo limitado y, sobre todo, tener algo puesto en la cara.
Aquella intuición ha envejecido razonablemente bien. Ahora la aplico a las gafas.
Mi apuesta
Las gafas de Meta no van a ser un producto masivo. Ni las Audio ni las próximas versiones con pantalla, con cámara o con lo que se presente el año que viene.
Por masivo entiendo algo concreto: un objeto que lleve encima una parte relevante de la población, con la naturalidad con la que hoy se lleva un móvil o, más modestamente, un reloj inteligente. Le pongo fecha para que se pueda comprobar: finales de 2030. Si para entonces las gafas de Meta se venden al ritmo de los relojes, me habré equivocado y lo escribiré aquí.
Lo que no digo es que vayan a desaparecer. Creo que tendrán un público fiel, varios usos profesionales muy sólidos y un buen negocio para quien las fabrica. Ahí está la trampa: un buen nicho se puede confundir con el principio de una plataforma.
Las cifras de Meta
El contraargumento más fuerte está en las propias cifras. EssilorLuxottica, que fabrica las Ray-Ban Meta, más que triplicó las ventas de estas gafas en 2025: más de siete millones de unidades en un solo año. Es el primer dispositivo para la cara que se vende de verdad, y sería tramposo escribir este artículo sin decirlo.
Pero siete millones de gafas son muy pocas frente a los cerca de 1.250 millones de móviles que se vendieron en el mismo año. Y quien las compra no ha dejado el móvil en casa: las usa como complemento para hacer una foto sin sacarlo, escuchar música o preguntar algo al asistente. Crecer rápido desde casi cero es la curva de un producto que funciona. Todavía no dice nada sobre si ese producto va a desplazar al que ya llevamos en el bolsillo.
Quitar la cámara
La versión sin cámara es una admisión tácita: el modelo anterior trasladaba parte de su coste a personas que no lo habían comprado. Una cámara y varios micrófonos en la cara convierten a quien los lleva en una fuente de incertidumbre para cualquiera que esté delante. ¿Me está grabando? ¿Lo está oyendo alguien más?
Ese problema ya tiene vocabulario propio. En inglés se las conoce como spy glasses y, en los últimos meses, como pervert glasses; Jaime Rubio Hancock las llama giligafas. En julio, en el Mad Cool de Madrid, un festival que patrocinaba Ray-Ban, Lorde paró entre dos canciones para pedir al público que no las comprara: «no son sexis». En Londres, unos activistas sustituyeron anuncios oficiales por otros que las presentaban como «el mayor avance en tecnología para pervertidos desde la gabardina», y en agosto el colectivo Everyone Hates Elon colocó frente a la tienda principal de Ray-Ban un cartel falso con Jeffrey Epstein llevándolas puestas y un lema: «gafas para gente que no va de consentimientos».
Un producto sobrevive a una mala campaña. Sobrevivir a un mote es más difícil, porque lo repite gratis cualquiera que vea las gafas puestas a otro. Y a Meta le pilla con poco crédito: después de Cambridge Analytica y de años de polémicas sobre privacidad, cuesta concederle el beneficio de la duda cuando lo que pide es poner una cámara en la cara de sus clientes.
Quitar la cámara resuelve esa objeción y, a la vez, deja a las gafas compitiendo con algo que ya lleva mucha gente: unos auriculares. Asistente, llamadas, traducción y música ya caben en unos auriculares inalámbricos más baratos, más discretos y que no hay que graduar. La pregunta que Meta tiene que contestar es qué aporta la montura.
Hay además un efecto secundario que resume bien el dilema. Uno de los usos más valiosos de las gafas con cámara es la asistencia a personas ciegas o con baja visión: servicios como Be My Eyes permiten que un voluntario vea lo que el usuario tiene delante y le oriente. Al quitar la cámara para ganar aceptación social, Meta quita también el tipo de uso que sí justificaría llevar un ordenador en la cara.
Tres fricciones
En un producto que se lleva puesto, la fricción deja de ser una cuestión de clics. Hay una física: peso, batería, calor, ajuste, fatiga visual, graduación, carga diaria. Y hay una social: cómo te ven los demás, qué sospechan, cuánto de ti está presente en la conversación.
La industria suele tratar la segunda como un problema de comunicación o de diseño de la montura. La barrera social no es un detalle de marketing. Es parte del producto. Un objeto que cubre los ojos o mete una cámara en una conversación necesita un beneficio muy claro para que el otro acepte el trato, porque el otro no ha elegido nada. Buena parte de las críticas a la Vision Pro de Apple fueron por esto mismo: la imagen de una persona sola detrás del visor en su propio salón.
Y hay una tercera, que va antes que las otras dos: el formato. Unas gafas son, de origen, una prótesis: algo que te pones porque ves mal. En España, algo más de seis de cada diez personas mayores de 15 años usan gafas o lentillas, lo que deja a cuatro de cada diez sin nada en la cara y sin ningún motivo para empezar. Y entre quienes sí las necesitan, muchos hacen lo posible por no llevarlas: lentillas, gafas solo para leer, cirugía refractiva. Existe una industria entera dedicada a quitarle dioptrías a la gente.
Las gafas se han convertido también en un complemento de diseño, y aun así Meta tiene que convencer a quien no las lleva de que empiece a llevarlas, y a quien las lleva de que las cambie por unas graduadas más pesadas y con batería. El móvil nunca tuvo que pedir eso.
El cine en 3D sirve de recordatorio a pequeña escala. Su declive tuvo varias causas (producciones irregulares, entradas más caras), y una de ellas fue la fricción: ponerse algo en la cara para una mejora que la mayoría de las películas no justificaba. Y eran unas gafas de plástico durante dos horas, en una sala donde todo el mundo llevaba las mismas.
Por qué el móvil aguanta
El móvil es un mando a distancia de la vida digital: cámara, banco, mapas, mensajes, trabajo, ocio y acceso a casi cualquier servicio. Ha resistido todos los intentos de sustitución porque concentra funciones sin reclamar presencia permanente. Es externo, voluntario y reversible. Está en el bolsillo cuando no hace falta y en la mano en dos segundos cuando sí. Se puede dejar boca abajo en la mesa, y ese gesto también forma parte del producto.
El reloj inteligente enseña el camino que sí funciona. Ha encontrado su sitio con salud, deporte y notificaciones, sin pretender reemplazar al teléfono. Las gafas aspiran a otra cosa: mover parte de la interacción a la cara y a la mirada. Para eso tienen que ser mucho más útiles que el móvil, y hoy lo son en muy pocos momentos del día.
Meta, Apple y el resto persiguen el siguiente móvil porque necesitan la siguiente plataforma. Quien controle la interfaz desde la que pedimos, compramos y nos relacionamos tendrá muchísimo poder (la misma pregunta de fondo que en Quién marca el ritmo de la IA: quién se queda el poder que crea una infraestructura), y ahora mismo esa interfaz es de Apple y de Google. Se entiende la prisa de Meta, que lleva años construyendo su negocio sobre sistemas operativos ajenos; es la misma lógica de carrera que describía en El miedo, los chips y el control: nadie quiere quedarse fuera. Pero el usuario no adopta una tecnología para ayudar a una empresa a conquistar una plataforma. La adopta cuando le ahorra un problema real sin crearle tres nuevos.
Donde sí tiene sentido
Mi escepticismo se limita al mercado masivo. La realidad virtual y las gafas tienen lógica cuando crean un contexto caro, peligroso o imposible de reproducir: formar a pilotos o a cirujanos, planificar una intervención, tratar fobias con exposición controlada, rehabilitar. Ahí la inmersión forma parte del valor y la fricción se paga, porque la alternativa es peor. Incluso en terapia, los psicólogos que la usan señalan el coste, la formación, el mareo y el equipamiento como barreras.
En neurorrehabilitación he visto sobre todo dos usos. El primero son las experiencias de reminiscencia con personas mayores: si a alguien le gusta el flamenco, le pones el visor y lo sientas en primera fila de un tablao, y aparecen recuerdos que con un álbum de fotos cuesta mucho sacar. Ya hay revisiones sistemáticas sobre este tipo de terapia, con resultados prometedores y estudios todavía pequeños.
El segundo es lo más potente que he visto con esta tecnología. Fue hace años, en un evento de realidad virtual en Madrid: una persona con una lesión medular llevaba unas gafas en las que veía sus piernas moviéndose. Las piernas no se movían, pero el cerebro intentaba mandar la orden, y ese intento repetido formaba parte de la rehabilitación. El proyecto Walk Again, de Miguel Nicolelis, documentó algo parecido en 2016: ocho pacientes parapléjicos que entrenaron durante un año con una interfaz cerebro-máquina, un avatar en realidad virtual y un exoesqueleto recuperaron parte de la sensibilidad y del control muscular.
Los dos casos tienen sentido dentro de su entorno: un profesional que prepara la sesión, un objetivo clínico y un tiempo acotado. Ninguno dice nada sobre si alguien querrá llevar unas gafas para leer los mensajes.
Qué me haría cambiar de opinión
Mi apuesta tiene dos salidas y prefiero dejarlas escritas.
La primera es que la integración se vuelva casi invisible: unas gafas que pesen lo que unas gafas normales, que duren todo el día, que cuesten lo que unas graduadas y que no hagan dudar a nadie de lo que graban. No sé cuándo llegará eso. Depende de baterías, pantallas y chips, y de normas sociales que Meta no controla.
La segunda es que el retorno sea enorme. Que las gafas den algo que el móvil no puede dar: orientar a quien no ve, subtitular en tiempo real para quien no oye, traducir una conversación entera sin que ninguno de los dos mire una pantalla. En esos casos la fricción se acepta sin discutir, igual que se aceptan unas gafas graduadas. Es un mercado importante, aunque no masivo en el sentido de este artículo.
Mientras tanto, creo que el cambio grande en la interacción cotidiana vendrá más del software que de otro aparato. Un asistente que haga más cosas dentro del móvil puede cambiar cómo lo usamos sin pedirnos que nos pongamos nada encima; y si alguien lo consigue, las gafas tendrán todavía menos argumentos.
La propia Meta parece intuirlo. El 8 de septiembre lanzó en Estados Unidos Muse, un agente que se instala en el móvil y hace gestiones por ti: reservas, compras, reclamaciones, cancelar una suscripción duplicada. En sus primeras dos semanas superó los 2,5 millones de descargas. Creo que Muse tiene más recorrido a largo plazo que las gafas, porque no pide cambiar de objeto ni de costumbre.
Pero choca con la misma pared que la cámara, en otro sitio. Para funcionar necesita acceso al correo, al calendario, a las tarjetas y a las cuentas; es decir, que le des el control de tu móvil a una empresa de Mark Zuckerberg, con el historial que tiene. El problema de Meta es de confianza, y lo arrastra a cualquier formato. Tampoco ha resistido la tentación del aparato nuevo: en el mismo Connect presentó un colgante para sacar a Muse del móvil.
Así que dejo la apuesta por escrito y con fecha: a finales de 2030, las gafas de Meta seguirán siendo un producto de nicho. Tirso, si me equivoco, las cañas las pago yo.
Fuentes y notas
- Infobae (24 sep 2026), Meta presenta sus gafas inteligentes sin cámara tras las críticas por invasión de la privacidad. Detonante del artículo: producto, fecha y contexto reputacional.
- Meta Engineering (23 sep 2026), Bringing Private Processing to Meta AI Glasses. La visión oficial de Meta sobre las gafas como dispositivo principal.
- Reuters (22 sep 2026), From smart glasses to AI pins, privacy fears challenge tech’s next big bet. Privacidad y consentimiento como barreras de adopción.
- CNBC (11 feb 2026), Ray-Ban maker EssilorLuxottica says it more than tripled Meta AI glasses sales in 2025.
- EssilorLuxottica (feb 2026), Q4 / FY 2025 Results.
- UploadVR (feb 2026), Meta & EssilorLuxottica Sold 7 Million Smart Glasses In 2025.
- IDC (dic 2025), previsión de envíos mundiales de smartphones en 2025. 1.250 millones de unidades.
- Be My Eyes, Be My Eyes is rolling out on Ray-Ban Meta glasses starting today!.
- Jaime Rubio Hancock (feb 2026), El retorno de los giligafas.
- iTechPost (13 jul 2026), Lorde Criticizes Ray-Ban Meta AI Glasses During Madrid Festival, Calls Smart Glasses ‘Not Sexy’.
- Android Authority (21 jul 2026), Only Ray-Ban execs can see the humor in ‘pervert’ smart glasses ad.
- Hyperallergic (ago 2026), Jeffrey Epstein Dons Meta AI Glasses in Damning Guerrilla Ad.
- Fortune (28 jul 2026), Instagram cracks down on growing ‘pervert glasses’ problem with Meta Ray-Bans.
- Newtral (abr 2024), El 61% de la población española mayor de 15 años usa gafas o lentillas.
- wwwhatsnew (25 sep 2026), Muse de Meta sí funciona.
- CNBC (23 sep 2026), Mark Zuckerberg debuts $1,299 Meta VR Glasses and Muse Charm pendant as part of AI agent push.
- The Verge, Who is buying VR and XR headsets anyway?. Precio, comodidad y ajuste como puntos débiles de los visores de consumo.
- Davis, F. D. (1989), Perceived Usefulness, Perceived Ease of Use, and User Acceptance of Information Technology, MIS Quarterly. Marco clásico de aceptación tecnológica.
- Slivkin, E. et al. (2025), Is Virtual Reality Lonely? The VR-Isolation Stereotype and Its Impact on VR Adoption, Psychology & Marketing.
- Cossio, S. et al. (2025), Cybersickness and discomfort from head-mounted displays delivering fully immersive virtual reality: A systematic review.
- Solimini, A. G. et al. (2015), Visual discomfort while watching stereoscopic three-dimensional movies at the cinema.
- Barriers to adopting therapeutic virtual reality: the perspective of clinical psychologists and psychotherapists (2025), Frontiers in Psychiatry.
- Donati, A. R. C. et al. (2016), Long-Term Training with a Brain-Machine Interface-Based Gait Protocol Induces Partial Neurological Recovery in Paraplegic Patients, Scientific Reports, 6, 30383. Proyecto Walk Again.
- The Effects of Virtual Reality-Based Reminiscence Therapies for Older Adults With Cognitive Impairment: Systematic Review (2024), Journal of Medical Internet Research.
- OECD (2025), An immersive technologies policy primer. Barreras de XR: peso, batería, comodidad, ajuste y apariencia.
Conceptos de esta nota
- El precio del error Cada nota es un caso de cuánto cuesta equivocarse, quién lo paga y cuándo se nota.
- Fricción Lo que cuesta usar algo frente a lo que devuelve. En la cara, la fricción es también social.
- Nicho o plataforma Donde el valor compensa la fricción (prótesis, terapia) frente a un dispositivo para todos.
- Privatizar beneficios, socializar pérdidas Que el riesgo acabe pagándolo quien no decidió: el Estado, o el que no lleva las gafas.
- Un solo camino Un examen, una ciudad, una plataforma para todos. Sin alternativas, el error se vuelve carísimo.
